Reme 1

Nunca hablé con ella.

Simplemente la veía algunas veces, camino del mercado. Pasaba a mi lado sin notar apenas mi presencia, con su paso corto, la mirada perdida a lo lejos y el rostro habitado por arrugas cuajadas de recuerdos.

Reme se fue.

Y yo entré, armado con mi cámara de fotos y un cierto pudor, en la que hasta ese momento había sido su casa. Para buscar entre las paredes donde había vivido sus últimos años. Para dejar que me contaran detalles de su vida...

Reme 2
Reme 3

Lo que ví me hizo pensar en la vejez.

Sentir la vejez.

Habitarla.

Mirando las prendas que hasta hacía unos días habían cubierto su cuerpo, o el manojo de recuerdos personales sobre su cómoda, -los que seguramente le humedecían la vista con historias pasadas cuando los contemplaba-, sentí el peso del tiempo.

Y erizarse el vello de mi piel.

Reme 4
Reme 5
Vi los cristales rotos en la ventana. Las manchas de humedad en la pared. Aquel ramillete de muñecos. Sus cacharros de cocina. La cama en la que había pasado sus últimos momentos -encajonada entre paredes- con el homenaje de las dos rosas que una amiga había colocado justo en el sitio donde antes reposó su cuerpo.Sus historias.

Las memorias de toda esa vida que había sido capaz de llevarla a trabajar en el Folies Bergère y traerla después a apagar sus días en Alicante.

Intuí también sus horas de soledad mientras el aliento se le escapaba.

Reme 6
Reme 7
Comprendí lo frecuente que es vivir dos veces la misma vida: primero soñándola y después refugiándose en los recuerdos de aquel primer sueño.

Pensé también lo curioso que resulta que las paredes que nos cobijen se vayan impregnando hasta ese punto de nuestra esencia:

será que al habitar nos vamos dejando jirones de alma pegados por los rincones, colgando nuestras soledades en los estantes, dejándolas apolillar en los armarios.

Reme 8
Reme 9

...O será quizá que situamos nuestras sonrisas en los aparadores y en las cómodas, y las sillas empapan con su tapicería todo el desgaste de nuestras horas de espera y esperanza...

Reme se fue. Y yo nunca hablé con ella.

Y lo que ví y fotografié aquella mañana, sofocado de pudor, me hizo sentir que debía haber hablado.

(c) Fotos y texto: Gabriel Díaz